Tus manos, por Raul Delgado.

Tus manos… cuanto me dicen tus manos.

Santa María Salomé patrona de Bonare, Huelva.

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"Vivencias"

Raul Delgado G.

Patrona  y Madre, sé que sólo tú pides paso cada veintidós de octubre, para bajar a la tierra y abrirte camino por las calles de tu pueblo y llenar su pozo con tu gracia infinita.

Madre y señora, que entre el cielo y la tierra vives, entre la realidad humana y la realidad divina, entre lo humano de tu divinidad y lo divino de la realidad.

Déjame sentir en la tarde que muere entre palmeras, tus manos, que son fuente de ternura donde se refleja la mirada de unos niños a los que se les dice, mírala, mira a tu Madre, cuando a tu ermita son llevados en brazos o de la mano, por vez primera y sienten esa extraña sensación sin sentido, a la que incapaces de pronunciar palabra, sólo saben mirarte sin apartar de ti su mirada inocente, como si no esperaran nada, como si lo esperaran todo.

Déjame agarrarme a tus manos, ellas que agarran al desvalido, al que no se siente protegido, ignorado o perdido, al incauto, al que nada entiende, a un pueblo que nada de ti espera, a un pueblo que sin ti sabe que no es capaz de nada.

Solo tú, tan mujer, puedes a todos consolarlos, sólo tú, con esa mirada de niña, con perfume a mar, que dejaste atrás tu vientre de cosecha cuando Santiago y Juan vieron tus ojos por vez primera y con sus pequeñas manos indefensas, agarraron las tuyas y al igual que entonces, en ellas, encontramos la protección hecha mujer,  la fuerza hecha juventud, la paciencia hecha madre.



Son tus manos, las manos de las quintas, muchachas adolescentes a punto de cuajar en mujer. Ellas, que acompañan a Francisco cuando va en tu búsqueda y saben que sólo podrá encontrarte en la Ermita, coqueta, como novia nerviosa ante el beso primero, aquel que no sabe amargo, aquel que siempre es verdadero.

Sólo tú, con la que ternura que solo de ti emana, hundes tus pies en el jugo de la uva recién pisada y dejas que tus cabellos se mojen con el agua de la vida eterna, que pide a gritos el campo que pisas. Te mueves y se mueve tu manto rojo, como ese rojo con el que el sol ilumina a la vendimia. Te mueves y se mueven tus cabellos, como ramas del árbol que protegen con su sombra a la viña.

Manos tuyas, manos de quintos, que se aferran a tu cintura como salvación eterna.  Que pasean a tu vera, despacio, porque a la prisa ese día, el tiempo no le deja pasar. Quintos que te acompañan a cada paso, cogidos, aferrados a tus manos que son el comienzo de todo, donde por esa razón propia de cada uno de ellos, todo lo dejan para estar a tu lado.

Siento tus manos sin tenerlas, parecido a venir pero sin que volvieras, volviendo a saber que se dobla el tiempo de la mitad tuya y la mía, como vuelve la mariposa a la Misericordia y los quintos a tu ventana. Como los tiempos vuelven hasta octubre, alrededor de los dos, cuando veo tu adolescente sonrisa en esa templada mañana de otoño, cada año distinta y semejante a la vez. Cómo volverá tu pueblo a vernos cara a cara, con el dolor abandonado y el brillo en tu piel, todo bajo el tiempo que se escapa por tu vestido, cuando nada es igual si no te veo, porque si me voy, qué más dará, si tú te quedas para siempre, como se quedó en ti la eterna mirada.

Veo tus manos de madre canalla, que me calman y así mi palabra calla, como calla la rutina que se esconde agazapada tras la esquina, cuando en esas mismas manos permanece reflejado el paso del tiempo que por ti no pasa, sabiendo que eres la palabra que escribo y no pronunció. ¿Para que escribir tu nombre si mis manos incapaces son de escribirlo si no se pronuncia? Dejo mis palabras en tus manos, quédatelas, guárdatelas como guardas el secreto de tu historia perdida en el tiempo de la memoria. Juega con ellas si quieres, como juegan mis letras al pronunciar tu nombre.

Tus manos… cuanto me dicen tus manos.

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