El Amor en los tiempos de la Covid-19.

Sexo en cuarentena. Foto Shutterstock
Schumpeter
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Hace ya varios años que leí El Amor en los tiempos del cólera, del nobel colombiano Gabriel García Márquez, del cual me reconozco admirador. El que al igual que yo, también lo haya leído, rápidamente entenderá el sentido de esta humilde entrada a Bonares Digital, quién no, se lo recomendaría encarecidamente, más si cabe, en estos días de obligatorio confinamiento.

Sé que es complicado, pero si hiciéramos el esfuerzo mental de prescindir por un momento de la maldita epidemia, así como de la incertidumbre económica subordinada a aquella, quizá, y sólo quizá, nos daríamos cuenta de que desde mitad de marzo a esta parte estamos viviendo una novela extraordinaria, para bien o para mal. Entiendo que cada cual usará uno u otro adverbio, en relación a su situación personal, pero de lo que no existe dudas, es sobre la naturaleza extraordinaria de la situación que vivimos.

Este coronavirus puede ser al proceso colonizador inherente a la globalización económica, lo que el derribo del muro de Berlín fue para la Unión Soviética, un punto de inflexión irreversible.

En virtud de dicho proceso global, cada nación, sus economías, se especializaron en aquellos sectores económicos para los cuales gozaba de una ventaja competitiva respecto a las demás, descuidando muchas veces otros con menor competitividad. 

Esto ha ocurrido claramente con el sector turístico y del ocio español en detrimento del industrial, incluso con el desarrollo en los últimos años de lo privado, aparentemente más eficiente, en detrimento de lo público, deficitario, fíjense en el auge en los últimos años de los seguros médicos, por ejemplo. 

Ha bastado un maldito virus minúsculo para recordarnos que tenemos aeropuertos y hoteles maravillosos, pero pueden permanecer vacíos durante meses, mientras que somos incapaces de hacer mascarillas o respiradores artificiales que salvan las vidas de nuestros comunes, o que, los seguros privados de salud son más eficientes económicamente simplemente porque nunca podrán defender su salud con la abnegación de los servicios de salud públicos. Ahora nos toca reflexionar seriamente sobre esto.

Afortunadamente, una vez más, el sector primario sale al rescate de la pax social, no sólo manteniendo el empleo, y la renta de muchos ciudadanos, sino también asegurando el abastecimiento alimentario de la población. Imaginen por un segundo este Estado de Alarma Nacional sin el peso del sector agrícola en el PIB. Da vértigo, ¿verdad? En Bonares lo sabemos muy bien.

No sé si se darán cuenta, pero la COVID-19 nos ha retratado como sociedad a nivel particular también. 

Está cambiando nuestro lifestyle y lo está haciendo con una profundidad y rapidez, que revela hasta qué punto nuestra sociedad estaba ya enferma mucho antes de la llegada de la pandemia. La enfermedad que adolecía, que aún adolece, se llama, egocentrismo en nuestras pautas de consumo.

Dicho comportamiento se resume en un despilfarro generalizado, retroalimentado por un modelo productivo no sólo perjudicial para el medioambiente, sino también para la salud, capaz de crear para nuestra ingenuidad, necesidades artificiales a satisfacer como requisito sine qua nom de pertenencia al grupo. 

Así nuestras poblaciones en las últimas décadas se han visto asoladas no sólo por graves fenómenos meteorológicos, sino también por problemas individuales de salud como frustraciones personales, cuadros de estrés, divorcios, fracaso escolar, etc. 

Imagínese, que dentro de aquella vorágine particular, se encuentra usted, con dos o más empleos en su casa, de horarios taciturnos, con responsabilidades de niños y/o padres a cargo, con sus respectivas actividades extraescolares, con su hipoteca y/o sus préstamos personales, discusiones familiares con todos a tutiplén, etc, y sin embargo, contra pronóstico, obra el milagro al llegar la pandemia. 

Usted se adapta fácilmente a su ramadán apócrifo mediante el cual sale de casa por la mañana temprano y hace un ayuno exquisito hasta el atardecer, momento en el que usted regresa de nuevo a casa y almuerza ya a deshora, o bien al teletrabajo, o simplemente se adapta perfectamente a permanecer en casa. 

Y no le importa el exterior, vive en un búnker inquebrantable, en un oasis de felicidad. Se da cuenta de que en casa por un tiempecito no se está tan mal, que tiene todo lo que usted necesita para vivir, pues entre otras cosas, dedica más tiempo los suyos con los que hacía tiempo que no compartía juegos, bromas, o momentos de relax, y se siente menos culpable por no haberlo hecho antes, incluso con su pareja, quién se muestra más empátic@ que de costumbre, y con quien descubre territorios inexplorados hasta la fecha, que incluso dispone de tiempo para usted, para leer, para dibujar, para escribir, para sus plantas, sus mascotas y pone en su justo valor las bondades que la vida le ha regalado y que “el grupo” durante tanto tiempo le hizo ignorar. 

Y es entonces, como le ocurrió al Florentino Ariza en El Amor en los tiempos del Cólera, cuando usted siente miedo, más que miedo, pavor, y no de la COVID-19 sino de volver a los horrores de la vida real y, por un momento, desea permanecer confinado para siempre.

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